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Aparecido en:  El Adelanto
 
Fecha de Publicación: 20/05/2007

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SALAMANCA EN SEPIA
Aquellas palabras del Papa

   
 

La visita que Juan Pablo II realizó en noviembre de 1982 a Salamanca y Alba de Tormes fue seguida por miles de personas. ¿Sirvió para algo?
Juan Pablo II, antes Papa de Roma y ahora casi santo, tras curar un cáncer y devolverle la voz a un mudo y la memoria a una enferma de Alzheimer, visitó Salamanca y Alba de Tormes el 1 de noviembre de 1982, precisamente el día de Todos los Santos.
Su viaje pastoral estuvo rodeado de una gran expectación por estos lares, con miles de salmantinos que vitorearon al sucesor de San Pedro.
Tras bajarse del helicóptero en el parque de San Francisco, el Sumo Pontífice, acompañado del presidente del Episcopado español, Gabino Díaz Merchán, el cardenal Vicente Tarancón y una nutrida representación eclesiástica, se dirigió en un Land-Rover especialmente carrozado, con los cristales blindados, a la Dehesa Royal, el las afueras de Alba de Tormes. “En el breve trayecto las muestras de júbilo de albenses y peregrinos que se agolpaban a ambas márgenes de la carretera han ido en aumento. El Papa ha llevado a La Dehesa, donde fue multitudinariamente aclamado a los gritos de Juan Pablo II te quiere todo el mundo y Totus tuus, acompañados de un incesante flamear de banderas”. (El Adelanto, 2 de noviembre de 1982).
Iglesia con luces y sombras
El primero en hablar fue el señor obispo de Salamanca, mauro Rubio Repullés, que habló de que aquí había una iglesia “como todas, con sus luces y sus sombras. Gozosa con el cristianismo popular, cargado de hermosas tradiciones, que gran parte del pueblo vive, pero alarmado al ver que la descristianización avanza y empiezan a hacerse habituales formas de secularización del matrimonio y de la vida familiar que hace bien pocos años eran solo excepcionales”.
El jefe del clero provincial se refería a la posibilidad de casarse sin pasar por la vicaría y a la ley del divorcio, aprobada dos años antes con la firme oposición de la Conferencia Episcopal.
Después le llegó el turno a Carol Wojtyla, que quiso destacar la importancia que para él tenía la vida y obra de Santa Teresa de Jesús: “Ella, con San Juan de la Cruz, ha sido para mí maestra, inspiración y guía por los caminos del espíritu. En ella encontré siempre estímulo para alimentar y mantener mi libertad interior para dios para la causa de la dignidad del hombre. Vosotros sois conciudadanos y herederos del mundo en que vivió Santa Teresa. Es verdad que aquel mundo ha sufrido en estos cuatro siglos grandes sacudidas y, en gran medida, ha desaparecido. Pero el mensaje de la Santa conserva hoy toda su verdad y fuerza. Ser fieles a ese mensaje significa ser fieles a las virtudes propias de los hombres y mujeres de estas tierras: la honradez, la laboriosidad, la discreción, el aprecio del hombre por lo que es, más que por lo que tiene, significa también mejorar los valores tradicionales de la familia; significa apreciar como lo más grande a Dios y al hombre en tanto que capaz de dios”.
Dicho esto, Juan Pablo II fue al grano, que para eso estaba aquí: “conozco muy bien que estáis pasando tiempos difíciles. Son tiempos recios, como diría nuestra Santa. Entre otras cosas, la emigración, particularmente la juventud, ha empobrecido vuestras zonas rurales. Valores, criterios y pautas de conducta contrarios a la fe cristiana han disminuido en algunos el vigor religioso y moral. En estas circunstancias, los cristianos habréis de vivir valientemente vuestra fe, tratando de integrar los criterios y pautas de la civilización actual con las creencias, moralidad y prácticas cristianas”. (El Adelanto, 2 de noviembre de 1982).
Un cuarto de siglo después, parece que las palabras de aquel Papa cayeron en saco roto, pues se han impuesto en la sociedad española (y en todo occidente en general) “los valores, criterios y pautas de conducta contrarios a la fe cristiana”. Hoy, cada vez va a misa menos gente, cada vez se casa más gente sin pasar por la vicaría, cada vez hay menos hombres y mujeres dispuestos a hacer carrera religiosa y, lo que es más preocupante para la Iglesia, cada vez se le hace menos caso.
No sabemos si una visita del nuevo sucesor de Pedro servirá para cambiar las cosas por aquí, pero si dice lo mismo que en su reciente visita a Brasil, donde censuró el uso del condón, no creemos que su mensaje llegue más allá de sus narices.
Superar las dificultades
Juan Pablo II, en aquel discurso dirigido a miles de salmantinos, afirmó que para superar las dificultades “os invito a superarlas apoyándoos en los imperativos del mensaje de Teresa de Jesús; os llamo a que tengáis ánimo para grandes cosas, como lo tuvísteis en el pasado. Pero únicamente en la experiencia teresiana del amor de Dios encontraréis fuerzas y libertad para ellas, porque no tendrá ánimo para cosas grandes quien no entiende que está favorecido por Dios” (El Adelanto, 2 de noviembre de 1982).
Lo que ocurre en la actualidad, mal que le pese a la Iglesia, es que el personal tiene fuerzas y libertad de sobra para emprender grandes cosas, sin pararse a pensar en si Dios está detrás del empujón o no. Igual es que ahora nos lo están vendiendo mal, pero ya no cuela.

   





 
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