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Aparecido en:  La Gaceta
 
Fecha de Publicación: 16/10/2007

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EL BESTIARIO. SANTIAGO JUANES
Grande e disbaratada

   
 

En tiempos de Villar y Macías, la Comisión Provincial de Monumentos, a la que pertenecía el cronista salmantino, aprobó encargar una lápida de mármol que recordara que en la conocida como Casa de Santa Teresa ésta escribió su famoso vivo sin vivir en mí... Y se encargó no sólo porque se conociera, también aprovechando que el marqués de Castelar restauró su fachada, que amenazaba ruina. Era 1876. Los versos, aclara el cronista, fueron fruto de un “estático arrobamiento al terminar la cuaresma de 1571” de la santa andariega. Dicha lápida, más tarde, pasó al interior y fuera se colocó otra que dice que esa es la Casa de Santa Teresa.
Esta noche, en el teatro de Alba de Tormes, Amparo García-Otero cantará ese poema teresiano, probablemente el más conocido, como parte de un Oratorio que esta juglar de nuestro tiempo ha confeccionado con textos de Santa Teresa. En Alba sonarán de una forma especial. No puede ser de otra forma.
Alba es teresiana y quien lo cuestione puede acabar como el papa Clemente; pero también lo es Salamanca. Aquí, en 1571 en dicha casa, que la santa describió como grande e disbaratada, tuvo su primera morada, propiedad de los Ovalle y después del marqués de Castelar, posiblemente por mediación de Beatriz Yáñez de Ovalle, pariente lejana. Desalojaron para ello a unos estudiantes, que hicieron pasar a Teresa y sus compañeras, algún que otro susto la noche de Ánimas. Uno de aquellos moradores fue luego obispo de Barbastro, nada menos.
Peregrinaron luego a otro local que quedó incluido en Las Agustinas, más tarde a la esquina de la Plaza de la Fuente con la calle Sorias, casa conocida como de la Retama, de aquí a la Plaza de los Basilios y finalmente, en 1608, gracias a una permuta pasaron a lo que hoy se conoce como Plaza de Carmelitas, sede definitiva. La vieja Casa de Santa Teresa pasó a ser ocupada por las Siervas de San José en 1881 y el flamante convento teresiano se convirtió en un estupendo edificio de viviendas permaneciendo en pie la iglesia proyectada por Jerónimo de la Madre de Dios y ejecutada por Juan Moreno. Dentro, por cierto, pueden verse dos imágenes de la santa con su pluma de escritora, que por ello es patrona del gremio así como de los abogados.
Y esto, para comenzar, porque el rastro teresiano salmantino incluye visita al Carmen de Abajo, donde estuvo su amigo Juan de la Cruz; San Esteban, para ver el confesionario de la Santa o la propia escultura de ésta realizada por Amable Diego en la plaza dedicada a ella. Pero, insisto, todo ello no puede con el carácter teresiano de Alba de Tormes, donde uno siente que puede cruzarse con Santa Teresa en cualquier esquina, como diría Miguel Ángel Sánchez Santos, presidente de la Asociación Cultural Albense (ASCUA), que ayer, día de la Patrona, me recordaba que queda, aún, mucho por conocer de ella. Y me recordaba, por ejemplo, su comentario al Cantar de los Cantares, anterior al de Fray Luis de León, también censurado, y del que hay alguna copia por ahí que se salvó de la quema. Sería bueno que desde Alba se hablara con la Academia de la Lengua, pues su director, Víctor García de la Concha, es un teresiano confeso, y no sólo por haber asesorado la famosa serie de Josefina Molina protagonizada por Concha Velasco. Lo es, sobre todo, por la intensidad de su poesía.
Sin olvidar a la santa, lo que ahora reclama la atención albense es el Gran Duque y su castillo. Luego, el Centro de Peregrinaciones. Caya legislatura que le espera a Concha Miguélez, alcaldesa y teresiana.

   





 
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