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Aparecido en:  Tribuna de Salamanca
 
Fecha de Publicación: 09/03/2008

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MITOS Y LEYENDAS DE SALAMANCA
La cruz negra del Gran Duque de Alba

   
 

Durante el regreso de Fernando Álvarez de Toledo a la villa, un rayo partió una encina por la mitad y dejó una extraña marca
La vida es un sendero que todos debemos recorrer entre obstáculos y ayudas, un trayecto que en ocasiones se cruza con otros recorridos cuyo destino queda definitivamente ligado. En este planeta por momentos encantado hay caminos que albergan un halo mágico que marca a cualquier ser humano que transita alguna vez por sus antaño polvorientos surcos y hoy día sinuoso asfalto. Caminos que envuelven la imaginación y despiertan extraños sentimientos. Caminos, al fin y al cabo, capaces de sacar aquello que se esconde en lo más profundo de nuestras almas. Es el caso del trayecto entre Salamanca y Alba de Tormes, donde desde hace siglos suceden inexplicables fenómenos a quienes viajan a pie a través de sus centenarias encinas. Hechos que se ejemplifican con lo acontecido a dos insignes figuras de la villa ducal, que perdurarán en la memoria de los hombres para la eternidad y que esta serie dominical sobre los mitos de la provincia de Salamanca no quiere dejar que deambulen allá donde habita el olvido. Si hace algunos capítulos se narraba lo sucedido a Santa Teresa de Jesús durante su regreso a la villa, hoy es el turno para Don Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque, protagonista de algunos misterios similares a los vislumbrados por la Patrona de Alba de Tormes.
Cuenta la leyenda que tras dejar el gobierno de Flandes, allá por enero de 1574, don Fernando, tercero en la saga ducal, retornó a su querida villa para permanecer junto a su esposa. Entre cacerías y tertulias, disfrutaba de los placeres de la vida después de haber conocido su lado más cruel en el fragor de la batalla. Pero también había conocido los prodigios de una mujer, Teresa de Jesús, fielmente relatados por su esposa, quien poco a poco le había inculcado su devoción por la mística. Y quiso saber más acerca de ella interrogando a las personas que la conocían directamente.
Una tarde de agosto, el Gran Duque se entrevistaba con la condesa de Monterrey en su residencia de Salamanca. Mientras le relataba sus hazañas y heroicidades en los Países Bajos, intercalaba alguna que otra pregunta sobre la Santa. Pero el sofocante calor se transformó en una desapacible tormenta de verano. Rápidamente, don Fernando dio orden a su criado para que preparara las monturas y la condesa sintió que esta escena le era familiar. Efectivamente, años antes charlaba con Teresa de Jesús cuando se desató una infernal lluvia. Pese a sus ruegos, el duque, al igual que la Santa, desdeñó la invitación de hospedarse en el palacio para pasar la noche. Así, emprendió el regreso a Alba de Tormes.
La tormenta no apaciguaba. Es más, se intensificaba. Granizo y viento convirtieron el trayecto en una ominosa odisea capaz de hacer hincar la rodilla al más valiente de los guerreros del ejército español, temido en toda Europa por su fuerza y decisión en el combate. Bajaron del caballo para refugiarse en una encina y esperar hasta que pasase el temporal. Y la duda comenzó a surgir de sus entrañas. ¿Cómo él, curtido en mil batallas, vencedor de las más infaustas contiendas bélicas, iba a atemorizarse por aquellos truenos y relámpagos? Pero sentía miedo. Por primera vez en su vida, algo estaba fuera de control. Jamás había observado una tormenta igual. Entonces, comenzó a pensar en Teresa de Jesús y reclamó una oración de auxilio. De repente, un enorme estruendo a escasos centímetros le empujó hacia el suelo y perdió el sentido. Todo se volvió oscuro, silencioso, pausado. Y una luz cegadora apareció en su mente deteniendo el tiempo. Transcurrido un rato, volvió a erguirse. Había dejado de llover. No había viento. Apenas susurraba. Podía hasta escucharse el aire entre los miles de rayos de sol que ahora bañaban el horizonte. ¿Cómo era posible? Aún atolondrado, se levantó para buscar a su criado con los caballos, pero un detalle llamó su atención. La encina que hizo las veces de paraguas yacía ahora partida a la mitad como consecuencia de un relámpago y en una de sus caras se había dibujado una cruz negra.
Al llegar a la villa, Don Fernando relató a su mujer lo acontecido. Ella no podía creerlo. Algo parecido le había ocurrido a la Santa años atrás en el mismo camino, regresando también de ver a la condesa de Monterrey, también durante una tormenta que hizo perder la orientación a Teresa de Jesús, pero una angelical imagen a lo lejos la devolvió hasta la senda correcta y al momento dejó de llover. El Gran Duque no lo pensó dos veces. Mandó cortar aquel trozo de encina de unos treinta centímetros como prueba irrefutable de un milagro más de quien hoy es la Patrona de Alba de Tormes, convirtiéndose en uno de sus protectores más entusiastas durante el resto de la vida de la Santa. La cruz negra fue donada al convento, donde permanece desde entonces alojada en una relicario de filigrana de plata en el museo de la iglesia de la Anunciación, entrelazando así para siempre el sendero de dos personas que, ironías del destino, fallecieron en espacio de apenas dos meses y en la actualidad son los dos estandartes de Alba de Tormes allende los mares.

   





 
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