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Aparecido en:  La Gaceta
 
Fecha de Publicación: 11/05/2008

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DOMINGO A FONDO
La cruz del rayo

   
 

Cuenta la leyenda que el Duque de Alba fue testigo del poder de Teresa de Jesús cuando regresaba de visitar a los Condes de Monterrey en Salamanca
El Gran Duque de Alba, después de dejar el Gobierno de Flandes, regresaba en enero de 1574 a Alba de Tormes, para volver a ver su querida esposa tras una larga ausencia. Los graves asuntos de estado, las fatigas de la campaña y las intrigas de sus competidores habían hecho mella en su ánimo, habitualmente firme y habían amargado un poco su corazón. El duque buscó la relajación del hogar y del campo, desplazándose con frecuencia por sus territorios a ritmo de ocio y cacerías.
Su esposa le había hablado acaloradamente sobre la madre Teresa de Jesús, la empresa de sus fundaciones y los hechos extraordinarios que comenzaban a darle halos de santidad. El entusiasmo de su mujer y el temple de su espíritu y la fortaleza de ánimo de la religiosa maravillaron al duque, quien puso todo su empeño para que la humilde monja visitara Alba de Tormes.
Teresa de Jesús llegó a la localidad en 1574, e impresionó de tal modo al Gran Duque de Alba que, desde entonces se convirtió en uno de sus protectores más entusiastas y devotos, convencido como estaba de que, en efecto era una de las criaturas elegidas por Dios para predicar la palabra del cielo y el aspecto de la inmortalidad. Fruto de este apoyo Alba de Tormes fue testigo de la fundación teresiana en el año 1581.
En una sofocante sobremesa de una tarde de Agosto, estaba el Duque de Alba conversando con los Condes de Monterrey en su palacio, en Salamanca. Comentaba los detalles de su campaña militar en Flandes. Tras una pausa en la conversación, el Duque de Alba decidió retirarse, ante el fastidio de la Condesa y su insistencia porque se quedase en Salamanca. Al oír un trueno en la lejanía, la Condesa de Monterrey creyó que era una oportunidad inmejorable para que el gran prócer de Flandes pernoctase en su palacio. A pesar de ello, don Fernando pensó que el viento barrería las nubes y mandó preparar las mulas, ya que la distancia que lo separaba de Alba no era mucha. Partieron enseguida.
El Duque de Alba y su criado se vieron, no obstante, en el espeso monte de Los Perales cuando la tormenta alcanzó su punto álgido, con un furioso huracán que casi los descabalga, cortinas de agua desbordando cada surco y el pedrisco haciendo de las suyas, obligándolos a guarecerse al pie de una robusta encina. Tal fuerza tenían los relámpagos y los truenos que el aguerrido capitán llegó a sentir terror. En un momento dado, el Duque evocó el recuerdo de Teresa de Jesús. En ese instante una viva luz encendió el suelo, un ruido sordo agitó la tierra y un aliento malsano se extendió por el aire, mientras él percibía el sonriente rostro de la monja. El Duque de Alba miró a su alrededor y vio cómo el tronco de la encina estaba partido de parte a parte y un rayo había dibujado en la desgarradura una cruz negra. El duque mandó cortar aquella cruz y la donó., colocada en una lujosa caja de filigrana, al monasterio de Alba de Tormes donde se venera hoy, como muestra del poder sobrenatural de la religiosa, del que don Fernando Álvarez de Toledo fue testigo mucho antes de que la Iglesia la elevara a los altares a la insigne santa.

   





 
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