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Aparecido en:  El Norte de Castilla
 
Fecha de Publicación: 21/08/2015

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PERSPECTIVAS TERESIANAS. Manuel Diego Sánchez, carmelita
Las Edades del Hombre en Alba de Tormes

   
 

Dentro del proyecto global preparado para el Centenario teresiano por las Edades del Hombre, un total de cuatro capítulos, el de Alba es el cuarto y está dedicado claramente a la glorificación de santa Teresa, aunque no dejan de mezclarse otros temas anteriores. Los tres que le preceden en Ávila tienen la lógica de reparar y conducir a éste: el clima carmelitano de su vocación dentro de una tradición espiritual que arranca en el monte Carmelo de Palestina en el siglo XIII; el tiempo de Teresa lleno de efervescencia reformadora en aquella España del siglo XVI; su propio proyecto reformador ara el Carmelo que comenzó en San José de Ávila.

Las comparaciones son odiosas, pero ante la dispersión de la muestra abulense (tres sedes distintas y distantes), la de Alba gana en lugar, espacio y logística, porque se sirve de un magnífico edificio en estilo neogótico, la basílica inacabada de santa Teresa que comenzó el obispo salmantino Tomás Cámara en 1897; gracias a la decisión de la diócesis de Salamanca de hace unos años, la de cubrir en otro estilo el crucero del edificio (una decisión muy acertada para el uso futuro de este monumento), ahora éste ha podido albergar en forma digna y coherente este evento cultural de tanta magnitud. Es un acierto haber escogido este espacio tan cercano al sepulcro teresiano, porque queda así muy bien saldada la fusión entre las reliquias de esta mujer, la celda de su muerte y la ola artística, cultural y religiosa que ha provocado.

El visitante queda impresionado ante la reconstrucción del retablo que alberga a los 5 santos que fueron canonizados en un mismo día (12 de marzo de 1622): Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Isidro labrador y Felipe Neri, este último de nacionalidad italiana, con estatuas de todos ellos de gran calidad artística. Aquí se coloca muy bien el cuadro romano de la ceremonia de la canonización que pertenece al Museo Carmelitano de Alba y que tiene su réplica idéntica para los santos jesuitas en la iglesia de ‘Il Gesú’ de Roma. Como también el magnífico estandarte de la ciudad de Soria.

Destacan además el arca sepulcral de madera (posiblemente se trata de la segunda o tercera que contuvo su cuerpo, antes que se pasara a la que regaló la duquesa de Alba), y las puertas del relicario que la protegían, ambas del Carmelo de Cabrerizos.

Y entre los contemporáneos y amigos de Teresa, hay que destacar la presencia de otra reciente (2013) y de dimensiones monumentales, la figura sedente de San Juan de Ávila, últimamente declarado doctor de la Iglesia, esculpida por Antonio Bernal Redondo para la catedral de Córdoba. Juan de Ávila fue el apóstol y escritor espiritual que aprobó el camino místico de Teresa. Ñocas veces santa Teresa expresó con tantas ganas sus deseos de que el maestro Ávila leyera su libro de la Vida. Pero esto nos da motivo para hablar del doctorado eclesial teresiano, cuya prehistoria está bien representada por el cuadro anónimo del Carmelo de Toro (Teresa revestida de doctora y enseñando a toda la iglesia en sus diversos estamentos), y el del pintor mexicano Juan Correa de los dominicos de Ávila, donde en lengua latina se asegura dentro de una cartela que la Universidad salmantina le concedió tal doctorado con el consentimiento de Urbano VIII. A esa prerrogativa se añade la otra tan debatida del patronato de España y su consiguiente discusión, de lo que se hace eco alguna pieza.

Además de algunos retratos de discípulos y discípulas de Teresa (qué bueno que aparezca entre ellos el beato Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla de México y de Osma, que fue el primer editor y comentarista de las cartas), llama poderosamente la atención la presencia de una representación de Teresa en el cielo de la gloria carmelitana regando y dando nueva savia a la raíz o el árbol espiritual (La vid del Carmelo), del que nacen ramas y frutos abundantes, pues el pintor (Juan del Santísimo) se ha esforzado en reproducir los retratos de los primeros venerables carmelitas con bastante fidelidad; o el de la fuente mística del Carmelo del mismo autor.

Y aun reconociendo una lógica y una línea de selección dentro de toda la muestra, sin embargo, por sí solas merecen la atención del visitante las estatuas teresianas de José de Mora, Gregorio Fernández, Luis Salvador Carmona, Niccola Fumo, o el cuadro de José de Ribera. Nos hallamos ante lo mejor de la iconografía teresiana.

Esta exposición – no sé si los organizadores se han dado cuenta- tiene la mejor continuación y hasta se completa con aquella otra permanente del Museo carmelitano que camina sobre idéntica vía de la glorificación, pero además la de las peregrinaciones a Alba de Tormes y de la devoción universal hacia esta mujer. Nunca le cupo a Alba, en toda su historia moderna, tanta suerte, la de poder albergar tan amplia y rica representación del universo artístico que se origina, ya hace siglos, en torno a Santa Teresa.

   





 
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